Me pasé buena parte del día caminando por Venecia. Visité sus lugares más conocidos, pero también fui metiéndome por callejones apartados. A veces acababa delante de un canal sin salida y tenía que sacar el mapa para encontrar por dónde continuar. Allí no siempre bastaba con seguir hacia delante.
19 — 20 DE MAYO · ITALIA
Venecia, entre canales
y callejones.

Me gustó ese contraste: pasar de una zona llena de gente a una calle mucho más tranquila, donde podía observar un poco la vida cotidiana de la ciudad. Entre monumentos y canales, también había vecinos haciendo su vida.

También puedes comprar un billete para los vaporettos y ahorrarte parte de la caminata. Pero, para mí, Venecia se disfruta de otra manera a pie: perdiéndote un poco y encontrando rincones por los que quizá no habrías pasado.
Caminé muchísimo aquel día. Y, aunque había ido a conocer los lugares que tantas veces había visto en fotografías, también disfruté de esos ratos en los que me apartaba del recorrido más concurrido y simplemente seguía paseando.
Las islas y otra Venecia al caer la noche
Al día siguiente fui a conocer Murano y Burano. Había bastante gente, tanto en los barcos como durante las visitas. Murano me decepcionó un poco; Burano me gustó más, aunque no la consideraría imprescindible. De aquella parte del viaje, yo me quedaba con Venecia.

Después de descansar en el camping, decidí volver a la ciudad por la noche. No lo tenía previsto, pero me apetecía pasear otro rato. Y me alegré de haberlo hecho.
Las calles estaban más tranquilas y el ambiente era muy distinto. Me gustó recorrerla sin tanto movimiento alrededor, sin estar pendiente de llegar a un monumento o buscar la siguiente visita. Simplemente caminar y disfrutar de estar allí.

Si algo repetiría, sería esa vuelta por la noche. Creía que ya había conocido Venecia, pero todavía me quedaba disfrutar de ella así.