Antes de arrancar cambié de idea. Estábamos bien aparcados, no había que pagar y el mar quedaba a unos veinte minutos. No había necesidad de marcharnos todavía.

Así que nos quedamos un día más.

Pasamos unas horas tranquilas en la playa. A esas alturas del viaje ya no se trataba de llegar a otro destino, sino de aprovechar un poco más el lugar en el que estábamos.

Por la tarde tocó recoger y organizar la autocaravana. Al día siguiente sí volveríamos a casa. Dormimos de nuevo en el mismo sitio, después de ese último día junto al mar.