Toscana, disfrutar también del camino
Después de Siena seguí recorriendo la Toscana con la autocaravana. Aquel día disfruté especialmente conduciendo por sus carreteras, viendo cambiar el paisaje entre una parada y otra. El camino también formaba parte de la visita.
Paré en Castellina in Chianti, donde estuve alrededor de una hora, y después en Volterra, a la que dediqué tres o cuatro horas. Fueron paseos agradables, aunque, siendo sincero, no serían paradas que priorizaría si tuviera pocos días. También entré en el Museo de la Tortura, una visita breve, de unos veinte minutos.
De aquella jornada me quedo sobre todo con el recorrido por la Toscana. Después de tantos días visitando ciudades, disfruté de pasar unas horas al volante contemplando el paisaje.
Florencia, una ciudad a la que dedicar tiempo
Llegué a Florencia ya de noche, después de recorrer las carreteras de la Toscana. Me instalé en un área a las afueras, con el autobús en la entrada, y dejé para la mañana siguiente ese primer encuentro con la ciudad.
El Duomo fue una de las primeras sorpresas. Por mucho que hubiera visto fotografías, encontrarme allí delante fue otra cosa. Me impresionó y decidí dedicarle tiempo: compré una entrada conjunta para conocer el campanario, el baptisterio, el museo y Santa Reparata. Aquella mañana, lo que iba encontrando fue marcando el ritmo de la visita.
No soy especialmente de pasarme el día entrando en museos, pero también me gusta dejar espacio para cambiar de idea. En Florencia me apeteció conocer algo más que sus calles y detenerme en lo que me llamaba la atención.
El día tuvo también su chaparrón. No todo iban a ser paseos bajo el sol, aunque todavía pude seguir recorriendo la ciudad, acercarme a Piazza della Signoria y pasar por los alrededores del Palazzo Vecchio. Entre una visita y otra volvía a lo que tanto estaba disfrutando de aquel viaje: caminar y descubrir lo que había por el camino.
Para terminar la jornada subí a Piazzale Michelangelo. Después de haber pasado el día recorriendo Florencia desde sus calles, tocaba contemplarla desde arriba. Me quedé a ver el atardecer, con la música y el ambiente que había en el mirador. Fue una forma muy bonita de cerrar aquel primer día, dedicando un rato simplemente a mirar.
A la mañana siguiente tenía una visita que sí llevaba en mente desde antes de empezar el viaje: ver el David. Aunque no sea un gran aficionado a los museos, había obras que quería conocer en persona, y aquella era una de ellas. Esta vez la parada no surgió sobre la marcha; era algo que tenía ganas de hacer y para lo que había reservado tiempo en Florencia.
Después todavía seguí paseando un poco más antes de volver a la autocaravana. La siguiente parada era Pisa, pero Florencia había tenido su propio espacio en el viaje: el asombro ante el Duomo, las horas caminando, aquel atardecer con música y una visita que llevaba tiempo queriendo hacer.