Vaya Vida Bonita

11 DE JUNIO · SUIZA

Las cataratas del Rin, de cerca.

La tarde anterior había paseado con Luka junto a las cataratas del Rin. Había sido un primer encuentro, pero todavía me faltaba lo que acabaría llevándome como mejor recuerdo de aquel lugar: acercarme al agua.

Las cataratas del Rin vistas desde la orilla.
Las cataratas del Rin vistas desde la orilla.

A la mañana siguiente subí al barco amarillo que me llevaría hasta el peñón. Desde la orilla podía contemplar el conjunto, pero a medida que nos acercábamos, las cataratas se sentían de otra manera. El agua dejaba de ser parte de una vista para convertirse en la protagonista de todo lo que tenía delante.

La fuerza del agua, desde el barco amarillo.
La fuerza del agua, desde el barco amarillo.

Después llegó la subida al mirador. Estar allí, en aquel peñón rodeado por la corriente, fue lo que terminó de cambiar mi impresión. La fuerza del agua tan cerca hacía que la visita tuviera poco que ver con el paseo del día anterior.

Me alegro de haberles dedicado aquella mañana. A veces, durante un viaje, una primera impresión no cuenta toda la historia. En las cataratas del Rin me pasó eso: tuve que acercarme para disfrutarlas de verdad. Entre el trayecto en barco y la subida al peñón, me llevé un recuerdo mucho más bonito del que esperaba después de verlas desde la orilla.

Un recuerdo de la visita a las cataratas del Rin.
Un recuerdo de la visita a las cataratas del Rin.

Más tarde continué hacia Winterthur y recorrí su casco antiguo. Todavía tenía muy presente Stein am Rhein, y esta visita no me dejó la misma huella. Hay lugares que se quedan contigo enseguida y otros que simplemente forman parte del camino.

Un rincón del casco antiguo de Winterthur durante el paseo de aquella tarde.
Un rincón del casco antiguo de Winterthur durante el paseo de aquella tarde.

Al día siguiente seguiría hacia Kyburg y Zúrich.

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