Vaya Vida Bonita

UNA ETAPA DEL VIAJE

Los Alpes.
Ganas de seguir.

No fue una única parada, sino varios regresos a la montaña. Desde el Cervino hasta el Mont Blanc, pasando por una noche en San Gotardo que no tenía prevista.

EL VIAJE, SOBRE EL MAPA

Los lugares de esta etapa

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Mont Avic: volver a la montaña

Después de Milán tenía ganas de volver a pasar unos días entre pueblos pequeños y grandes montañas. Decidí dejar Como para otra ocasión y poner rumbo hacia el Cervino, haciendo antes una parada en el parque natural de Mont Avic.

Allí salí a caminar con Luka hacia el lago Muffé. Mi idea era recorrer unos 14 kilómetros, pero la niebla empezó a aparecer al llegar al lago. Aun así, continué cerca de un kilómetro más, esperando que despejase. Ocurrió justo lo contrario: cada vez veía menos, así que decidí darme la vuelta.

El lago Muffé entre árboles y niebla
El lago Muffé, con la niebla empezando a cubrir las laderas de Mont Avic.

Al final fueron unos 7 kilómetros y 640 metros de desnivel. Corté la ruta, sí, pero de sencilla no tuvo nada. Disfruté bastante del camino, durante un buen rato junto a un pequeño río, parando a hacer fotos. No llegué hasta donde quería, pero me gustó volver a estar en la montaña.

Bard y una noche en Arnad

Al pasar por Bard había visto una fortaleza que llamaba la atención desde la carretera, así que regresé para visitarla. Llegué cuando ya estaba cerrada y me conformé con pasear por los alrededores y tomar unas fotos. Esta vez sí me quedé con ganas de verla por dentro, pero preferí seguir avanzando.

La fortaleza de Bard y el puente sobre el río
La fortaleza de Bard sobre la roca, con el puente de piedra y el río a sus pies.

Dormí en Arnad, en un área gratuita, y antes de terminar el día salí con Luka a conocer el pueblo. Calles estrechas y empedradas, casas de la zona y un paseo sin prisas. No hubo nada concreto que destacase por encima de lo demás, pero el conjunto me encantó. Fue una buena parada antes de acercarme al Cervino.

Una calle empedrada entre casas de piedra en Arnad
Las calles empedradas y las casas de piedra de Arnad, entre montañas.

El Cervino: la espera mereció la pena

A la mañana siguiente madrugué y puse rumbo a Breuil-Cervinia. Tenía ganas de acercarme al Cervino y había elegido una ruta que pasaba por el lago Goillet. Esta vez Luka se quedó descansando en la autocaravana: sabía que me esperaba una caminata exigente.

Podía ahorrarme el primer tramo subiendo en teleférico, pero si me encuentro con fuerzas, prefiero caminar. Y aquella subida hasta Plan Maison me hizo trabajar las piernas: prácticamente todo el desnivel estaba concentrado al principio.

Al llegar aproveché para comer y esperar a que las nubes dejasen ver la cumbre. Pasó cerca de una hora hasta que el cielo terminó de despejarse. Pero allí estaba el Cervino, entero, sin una nube que lo tapase. La verdad, daba gusto quedarse mirándolo.

El Cervino con la cumbre despejada
El Cervino desde la vertiente italiana, con la cumbre por fin libre de nubes.

Después continué hacia el lago Goillet, por un camino más llevadero, con pequeñas subidas y bajadas. A un lado tenía las montañas y al otro empezaba a aparecer el lago. Recorrerlo se me hizo más largo de lo que esperaba, sobre todo porque todavía quedaban tramos con nieve y había que avanzar con cuidado.

Una mano en primer plano frente al lago Goillet y las montañas con nieve
Un alto junto al Goillet, en aquel día de caminos frente al Cervino.

En total hice 12 kilómetros y 780 metros de desnivel. Fue una ruta que me encantó y que también me ayudó a tomar una decisión: no necesitaba ir después a Zermatt para ver el Cervino desde Suiza. Con lo que había disfrutado aquel día, me daba por satisfecho.

San Gotardo: aquella noche cambié de planes

Días después, tras visitar Lucerna, puse rumbo a Lugano. Por el camino quería atravesar San Gotardo: había oído hablar muchas veces de aquel puerto y me apetecía recorrerlo con la autocaravana.

En mi sentido apenas había tráfico, aunque al otro lado se acumulaba una larga hilera de coches. Fui subiendo tranquilo, disfrutando de la carretera, con la idea de parar arriba un rato y continuar después hasta Lugano.

Pero una vez en lo alto cambié de opinión. Me aparté para tomar unas fotos y, viendo aquel paisaje, pensé que no tenía ninguna necesidad de seguir conduciendo. Podía pasar la noche allí y disfrutarlo un poco más.

La autocaravana junto a un pequeño lago en San Gotardo
La autocaravana en San Gotardo, rodeada de montañas y pequeños lagos.

Encontré una explanada junto a la antigua carretera que baja hacia Airolo y me quedé. Salí a pasear con Luka, sin hacer una gran caminata, solo por el gusto de estar allí. Hacía fresco y durante la noche tuve que encender la calefacción, pero descansé de maravilla.

Por la mañana volví a contemplar las montañas, esta vez con otra luz, antes de comenzar el descenso. Bajé despacio, con poca circulación y disfrutando de cada curva. Aquel puerto no fue solo una carretera para llegar a otro lugar: terminó siendo uno de los lugares en los que más me gustó quedarme.

Chamonix: volver a caminar frente al Mont Blanc

Después de unos días entre ciudades y lagos, tenía ganas de volver a la montaña. Llegué a Chamonix y me acerqué a la estación del teleférico para preparar la ruta del día siguiente.

Subí hasta Plan de l’Aiguille, aunque el trayecto en aquella cabina llena de gente no fue precisamente mi parte favorita. Los teleféricos a tanta altura me imponen bastante. Pero arriba me esperaba lo que había ido a buscar: caminar con el Mont Blanc a un lado y una cadena de montañas que parecía no terminar al otro.

La ruta fue exigente. Había que atravesar tramos de piedras, pequeñas caídas de agua y subidas fuertes. Recorrí unos 12 kilómetros, con casi 800 metros de desnivel, hasta una antigua estación de teleférico desde la que pude contemplar el glaciar.

David durante la ruta entre las montañas del macizo del Mont Blanc
Durante la ruta desde Plan de l’Aiguille, entre las montañas del macizo del Mont Blanc.

Me habría gustado acercarme más, pero a partir de allí el terreno se complicaba demasiado. Ya tenía unas vistas que me encantaban, así que decidí darme la vuelta. No necesitaba correr más riesgos para disfrutar de aquel lugar.

De regreso a Plan de l’Aiguille todavía me quedaron fuerzas para acercarme al Lac Bleu. Fue un paseo mucho más sencillo, de alrededor de una hora entre ida y vuelta. Aquel pequeño lago, con el Mont Blanc de fondo, fue un bonito cierre para la caminata.

El Lac Bleu rodeado de rocas y montañas
El Lac Bleu, entre rocas y restos de nieve, junto a Plan de l’Aiguille.

Por la tarde descansé en la autocaravana y después salí con Luka a pasear por Chamonix. Me gustó mucho verlo así, sin prisas, con el río atravesando el pueblo y las montañas acompañándonos también desde abajo.

Flores y calles de Chamonix con las montañas iluminadas al fondo
Chamonix al caer la tarde, con las últimas luces sobre las montañas.

Mer de Glace: por dentro del hielo

A la mañana siguiente todavía notaba en las piernas la caminata del día anterior, así que me vino bien cambiar las botas por el tren cremallera. Me apetecía subir entre aquellas montañas sentado junto a la ventanilla y, esta vez, dejar que el esfuerzo lo hiciera el tren.

El tren rojo de Montenvers en la estación
El tren cremallera de Montenvers, que me llevó desde Chamonix hacia Mer de Glace.

Después cogí el teleférico para acercarme a Mer de Glace. Por suerte para mí, la cabina era pequeña y no había tanto desnivel. Después del respeto que me había dado el del día anterior, este lo llevé bastante mejor.

Tenía curiosidad por caminar por dentro de un glaciar. La visita apenas duró quince o veinte minutos, pero me gustó recorrer aquellos pasillos de hielo. Lo que más me llamó la atención fue el azul que se veía cerca de la entrada, con la luz del exterior. Me quedé un rato mirándolo y haciendo fotos.

Un pasillo de hielo azul en el interior de Mer de Glace
El interior de Mer de Glace, con la luz de la entrada iluminando el hielo azul.

Salí contento. Había sido una mañana diferente, sin una gran caminata, pero con la experiencia de haber visto la montaña también por dentro.

Plaine Joux: todavía no quería volver

Después de visitar Mer de Glace, mi idea era dormir en Passy. Pero encontré un aparcamiento en Plaine Joux con vistas a las montañas y decidí subir. No sabía que allí iba a empezar a despedirme del viaje.

Me tumbé en una zona de césped artificial, con Luka a mi lado y el Mont Blanc despejado delante. Mientras esperaba el atardecer, empecé a recordar aquellos casi dos meses. Los caminos que habíamos recorrido juntos, los lugares donde habíamos dormido y todo lo que había vivido desde que salí de casa.

Había pasado tanto… y, aun así, me parecía demasiado pronto para volver. Yo quería seguir. Seguir despertándome en otro lugar, buscando una ruta, descubriendo qué nos esperaba al día siguiente. Me costaba aceptar que algo que estaba disfrutando tanto tuviera que terminar.

Miraba a Luka y pensaba en la suerte de haberla tenido conmigo en todo aquello. Ella había estado allí, a mi lado, en tantos momentos que ahora me daba pena dejar atrás. No habían sido solo unas vacaciones. Durante aquellas semanas, esa había sido nuestra vida. Y qué bonita estaba siendo.

Me habría quedado allí mucho más tiempo. Pero aquella tarde también sentí un agradecimiento enorme por haberme atrevido a hacerlo, por haber llegado hasta allí y por poder llevarme tantos recuerdos nuestros.

Mientras se apagaba la luz sobre las montañas, tenía una cosa clara: aquel era mi primer viaje así, pero no quería que fuera el último.

Luka en primer plano y el Mont Blanc iluminado al atardecer
Luka en Plaine Joux, con las últimas luces del día sobre el Mont Blanc.

Dormí allí esa noche. Todavía no quería volver. Y creo que esa era la mejor forma de saber lo feliz que había sido.

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